jueves, 26 de septiembre de 2013

¿Volver a empezar?

Me ha costado al menos una hora rescatar este blog del olvido. No me acordaba ni de la dirección, ni con qué correo lo registré, ni de la clave que le di. Pero hoy tenía muchas ganas de escribir, desde hace tanto tiempo sin hacerlo. De nuevo son las tres de la mañana. Y si por algún motivo no quería perder este blog, era por lo significativo del dominio que lo bautiza.

Hoy es noche de un miércoles cualquiera del mes más incómodo del año, septiembre. Ese mes que parece un domingo largo y extraño, lleno siempre de novedades, de cambios, de finales agridulces y de principios inciertos. En este contexto temporal me encuentro yo ahora, sentada en el sofá de mi casa sin más compañía que la bombilla de bajo consumo de Ikea y del ruido suave de la M-30 a estas horas. De pequeña, cuando no podía dormir, me imaginaba que el arrullo del trasegar ligero de los coches a estas horas era el sonido del mar tranquilo al fundirse con la playa, y así me dormía yo, soñando con la costa en pleno centro de Madrid.

Realmente no sé cuál ha sido el motivo por el que precisamente hoy he decidido volver a escribir una entrada en este blog polvoriento y abandonado. Las últimas veces tuve la necesidad de contarle al vacío el dolor que me causaban unas ausencias muy importantes en mi vida. Este verano me vino otra tercera muy de sorpresa. Y es cuando una ausencia llega tan inesperadamente que llegas a pensar mucho si realmente es una ausencia o es una ilusión de ausencia. Es algo así como si realmente no hubieras perdido a esa persona, como si siguiese ahí, cuando en verdad te ha impactado mucho más su adiós que las otras dos veces, y ha sido más duro. Quizá sea una manera de equilibrar el sufrimiento, de que esa ilusión de ausencia mitigue el golpe del impacto que causó su pérdida.

¿Ves? Finalmente sí sé cuál es el motivo por el que hoy he decidido escribir, aunque ciertamente lo he sabido desde el principio. Mi tercera ausencia. Mi tercer pilar importante en mi sustento se ha venido abajo y eso no hay puntal que lo consiga aguantar como antes. Pero no voy a decir mucho más de lo que les dije a mis otros dos pilares caídos, puesto que sería repetirme. Solo te pido de herencia toda tu personalidad y tu actitud tan agradecida y positiva hacia la vida. Y no te digo más, porque ya lo sabes todo, chicote.

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Son las tres y media y empiezo a crear mi propia filosofía. Empiezo a escribir cosas que solo tienen sentido en mi cabeza, y el texto se convierte en algo complejo y objetivamente en un sinsentido. Pero creo que es lo que realmente busco al escribir a estas horas. Un desahogo de incoherencias conexas con el mundo. Debo retomar esta costumbre, prometo no ser tan monotemática. No sé hasta qué punto es bueno o es malo que la muerte sea mi principal fuente de, si no es inspiración, mi impulso para escribir. Espero hacerlo de manera más habitual, intentemos que desde un punto de vista más positivo. Yo ya he pedido mi herencia, espero recibirla pronto, eh?

Finalmente, las 4. Se rompió el hechizo

miércoles, 2 de mayo de 2012

Eterno

¿Sabes? Creo que es algo obvio, pero odio la muerte. Sería más fácil creer en el cielo al cien por cien. Ojalá mi fe fuera absoluta. Ojalá que cuando alguien emprendiera ese viaje sin retorno pudiera mandar un mensaje que dijera "he llegado bien, el viaje ha sido corto. Hace bueno por aquí". Otra vez me veo aquí sentada, a las dos y pico de la mañana, sin poder dormir. Otra vez una persona que se me escapa de las manos, que se me aleja de los brazos. Poquito a poco abandonando la vida y yo aquí plantada, sin decir nada y sin hacer nada. Otra vez no sé cómo reaccionar ante esta situación tan angustiosa. Como si el escribir aquí me sirviese de algo más que un simple desahogo, como si tú ahora pudieses leer todo aquello que nunca te he dicho. Te vas. Ya te estás yendo. Me decido a creer que al final del viaje está ella, con su bastón, su abanico y su canción, dispuesta a seguir compartiendo la eternidad contigo, como lo ha hecho toda su vida.

Creo que eres la persona a la que más he admirado nunca. Siempre lo he hecho en silencio, como todo lo que pienso. Pero tu vida ha sido y será increíble hasta el último momento. De tantas veces que has sobrevivido a la muerte, te juro que aún hoy tengo esperanzas de que mañana alguien me diga "el abuelo se ha recuperado". Ya resucitaste una vez en la Guerra Civil, sobreviviste a un cáncer del que los médicos no te daban ni un año y todavía me tienes que explicar cómo has hecho para seguir con vida después de tantas cosas malas que te han pasado en estos últimos tiempos. Por eso no me extrañaría nada que otra vez hicieras de las tuyas y te recuperases. Pero si no es así y al final decides irte, sé de sobra que volverás a ser feliz porque volverás por fin junto a ella después de dos años. Creo que ese va a ser el consuelo que me aleje un poco de la desolación de tu ausencia.
Cuando decidas marcharte, no olvides llevarte todo nuestro cariño y darle a la abuela la mitad.


Aunque tú, abuelo, has nacido para vivir siempre.


domingo, 27 de febrero de 2011

Miedos y cohetes

El miedo. El miedo juega un papel muy importante a lo largo de la vida de cada uno de nosotros. Hay quien es más miedoso, al igual que hay quien lo es menos. Pero en mayor o menor medida el miedo ha estado, está o estará ahí para todos. Ya desde pequeños aprendemos, antes que muchas cosas, lo que es sentir miedo. A la oscuridad, a las vacunas, al hombre del saco… empezamos a elaborar de manera básica un esquema que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, sobre aquello a lo que somos más propensos a sentir miedo. Por ejemplo, a mí desde pequeña, me han dado miedo los cohetes, y aún hoy siento cierto rechazo a ese ruido seco y sordo que en el fondo es eso, algo abstracto, efímero y que normalmente no mata a nadie. A lo que me lleva a deducir que muchas veces sentimos miedos que ni siquiera tienen un fundamento racional. Si sabemos esto, ¿cómo entonces seguimos teniendo miedo?

Claro que, en mayor grado, los miedos que nos acechan según nos hacemos mayores van tomando carices cada vez más serios. Llegas a esa edad en donde no te importa tanto el hombre del saco como, por ejemplo, acudir a un chequeo médico, porque has notado algo extraño, te han hablado de esto, aquello… Y siempre está ese miedo que te pone en lo peor, como si tu padre fuera el mismo Murphy, diciéndote que, si existe la posibilidad de que tengas algo grave, lo tendrás. Luego el médico te dice que lo que tienes es una gripe y el miedo, como los cohetes, se acaba volviendo humo y se va con el viento. Es cierto que este miedo puede tornarse en hipocondría, curiosamente, una enfermedad que nos hace esclavos de lo mismo de lo que huimos.

Luego existen esos miedos más amables, a los que yo les llamaría de otra manera porque en el fondo no dan mucho miedo, o sí, pero son miedos que apetecen, porque cuando pasan, algo bueno viene después. Son los miedos de las primeras citas, los miedos antes de hacernos un tatuaje, los miedos previos a ser mamá… Pueden confundirse con nervios a secas, pero no es así. En estos casos, el miedo a lo desconocido es quien se adueña de todas estas situaciones, y se mezcla con el factor nervio en las proporciones que cada personalidad estime necesarias.

Pero sin duda el rey de los miedos, el miedo por excelencia, es ese miedo que viene de serie en todos cuando nacemos. El miedo a la muerte. Ese miedo, por mucho que uno diga que no, siempre va a estar ahí, y aflora con el paso del tiempo. En el fondo creo que, en cierta manera, el miedo va de la mano con la muerte; si no existiera la muerte, ¿existiría realmente el miedo? ¿Existiría el miedo si supiéramos que, pasase lo que pasase, nada podría arrebatarnos la vida?


Asusta, ¿verdad?

sábado, 13 de marzo de 2010

Por todos los sábados tirados a la basura. Escondida entre las sábanas esperando una mano que me despegue de la cama y me aleje del ostracismo. Va por ti. Y por todas las lágrimas vertidas sin que nadie se entere de a dónde fueron a parar. Por aquello que pudiste hacer y no hiciste. Por tu baja moral y tu mundo paranoico. Por esa amiga que nunca fallaba y se fue lejos, que siempre rescataba tus sábados a punto de morir. Por valorar demasiado ese día y creer que os comeréis el mundo en tan sólo una tarde y una noche. Noche del sábado. Dónde te fuiste. Por ti no brindo hoy. Un sábado más tirado a la basura.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Los sentimientos más puros son los que quedan plasmados en un texto. Es cierto que decir las cosas a la cara es un acto de coraje, pero no creo que lo que se diga cara a cara tenga más valor que lo que se diga por escrito. Escribir, al menos desde mi punto de vista, es el recurso más preciado del que dispongo para expresar tal y como quiero y con toda fidelidad mis sentimientos, pensamientos, creencias. Sé que no lo haría mejor de ninguna otra manera. Las palabras se van con el viento, se quedan en el olvido por muy bellas que fueran, se emborronan a cada minuto en mayor medida. En cambio esto, esto permanece. Son retazos del alma que se imprimen como huella. Me gusta reservar mis mejores palabras para plasmarlas por escrito más tarde.

lunes, 1 de febrero de 2010

No sé si es bueno o malo el momento en el que los exámenes quedan en un segundo plano. No sé cuándo fue el momento en el que dejé de estudiar para mirar a ninguna parte en esta habitación siempre mal aclimatada. Si es porque hace frío, si es porque hace calor. Cuando la desmotivación reina en el ambiente, cualquier excusa es bien avenida. Ahora llega el momento en el que me planteo mi futuro y me pregunto que qué cojones me espera.

martes, 29 de diciembre de 2009

Para ti

Hola preciosa, quería dedicarte unas palabras porque bien sé que te gustaba leer lo primero que encontrabas en voz alta, con la ligera esperanza de que éstas te lleguen allí donde estés. Si bien es cierto que debí haberte escrito algo antes, aunque cada vez que lo leyeras fuera una primera vez para ti; realmente me duele confirmar el dicho aquel que dice que no te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes. Tu ausencia me ha traído unas cuantas cosas con ella, quiero obviar que una de ellas es el dolor, porque sé que no te gustaría vernos tristes. La otra es un buen puñado de recuerdos tuyos. Tú en la ventana, observando con detalle el mundo en movimiento de afuera, siempre describiendo lo que veías al acompasado vaivén de tu abanico. Tú no eras tú sin tu abanico. De papel, de cartón, tela, con un bonito estampado, los tenías de todos los modelos. Abanico, abanico, abanícame más… Debo decir que en estos últimos años contigo, oírte cantar tus ya famosas canciones alegraban a una. Sin duda te recuerdo sentada entonando esas canciones, porque sí, porque no necesitabas un motivo, porque eras alegre de espíritu, y lo has sido hasta el último aliento. Y estoy segura de que ahora, mientras me miras y me ves llorar, te estás enfadando por ello y decides que cantando las penas se van aliviando. También debo decirte que antes de que te fueras, en alguna ocasión me entristecía el hecho de que ya no recordases mi nombre, pero en seguida se me pasaba porque algo en tu pecho te decía que nos corría la misma sangre por las venas, y yo te saludaba “¡Abuela!” y tú me sonreías y riendo decías “¡Hombre, chica, tú por aquí! Qué alegría estar con la familia”. Lo sabías de sobra, y eso bastaba. Quiero decirte también que tu partida me ha pillado de sorpresa. Cierto es que la última vez que te vi estabas más delgada, pero seguías con lo tuyo, tus canciones, tus bromas. Tu bastón era tu gran aliado, cuántas veces lo has usado de arma contra los ataques externos a los que a veces te sometíamos, y cuántos paseos te ha ofrecido bajo su compañía. Eras tú, tu abanico, tu bastón y tu canción. Y te lo has llevado todo preciosa, y no te voy a engañar: tu ausencia nos duele. Pero tú solías repetir algo de lo que no me olvido: “recordar es volver a vivir” decías, por eso, corazón, aunque no sienta tu palpitar, te siento aún a mi lado diciéndome, con tu sonrisa de siempre, “¡Hombre, chica, tú por aquí!”