martes, 29 de diciembre de 2009

Para ti

Hola preciosa, quería dedicarte unas palabras porque bien sé que te gustaba leer lo primero que encontrabas en voz alta, con la ligera esperanza de que éstas te lleguen allí donde estés. Si bien es cierto que debí haberte escrito algo antes, aunque cada vez que lo leyeras fuera una primera vez para ti; realmente me duele confirmar el dicho aquel que dice que no te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes. Tu ausencia me ha traído unas cuantas cosas con ella, quiero obviar que una de ellas es el dolor, porque sé que no te gustaría vernos tristes. La otra es un buen puñado de recuerdos tuyos. Tú en la ventana, observando con detalle el mundo en movimiento de afuera, siempre describiendo lo que veías al acompasado vaivén de tu abanico. Tú no eras tú sin tu abanico. De papel, de cartón, tela, con un bonito estampado, los tenías de todos los modelos. Abanico, abanico, abanícame más… Debo decir que en estos últimos años contigo, oírte cantar tus ya famosas canciones alegraban a una. Sin duda te recuerdo sentada entonando esas canciones, porque sí, porque no necesitabas un motivo, porque eras alegre de espíritu, y lo has sido hasta el último aliento. Y estoy segura de que ahora, mientras me miras y me ves llorar, te estás enfadando por ello y decides que cantando las penas se van aliviando. También debo decirte que antes de que te fueras, en alguna ocasión me entristecía el hecho de que ya no recordases mi nombre, pero en seguida se me pasaba porque algo en tu pecho te decía que nos corría la misma sangre por las venas, y yo te saludaba “¡Abuela!” y tú me sonreías y riendo decías “¡Hombre, chica, tú por aquí! Qué alegría estar con la familia”. Lo sabías de sobra, y eso bastaba. Quiero decirte también que tu partida me ha pillado de sorpresa. Cierto es que la última vez que te vi estabas más delgada, pero seguías con lo tuyo, tus canciones, tus bromas. Tu bastón era tu gran aliado, cuántas veces lo has usado de arma contra los ataques externos a los que a veces te sometíamos, y cuántos paseos te ha ofrecido bajo su compañía. Eras tú, tu abanico, tu bastón y tu canción. Y te lo has llevado todo preciosa, y no te voy a engañar: tu ausencia nos duele. Pero tú solías repetir algo de lo que no me olvido: “recordar es volver a vivir” decías, por eso, corazón, aunque no sienta tu palpitar, te siento aún a mi lado diciéndome, con tu sonrisa de siempre, “¡Hombre, chica, tú por aquí!”





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