viernes, 30 de enero de 2009

No ocurre nada bueno después de las dos de madrugada

Y así tenía que ocurrir, pasadas las dos del nuevo día me encuentro escribiendo un blog que no sé ni por dónde abordarlo.

No ocurre nada bueno después de las dos de la mañana. Eso dicen los protagonistas de How I met your mother, y la verdad es que es totalmente cierto (valga la redundancia).

Sucede que la personalidad humana se acompasa al ritmo que marca el reloj, en las primeras horas de la mañana el sol brilla, te ilumina y te hace actuar (más o menos) de una manera medianamente racional. Todo se trastoca cuando cae la noche. Es en ese momento cuando la lucecita de tu conciencia mengua, y lo que al mediodía era precavido y racional, ahora es algo totalmente opuesto.

La mente se expande al mundo como no lo ha hecho nunca en el día. Brotan todo tipo de sentimientos, las emociones afloran, la curiosidad se enciende, y nace la tremenda necesidad de recriminar al mundo aquello que no te gusta de este, o por el contrario, agradecerle lo más bello que te brinda.

Llegan las dos.

Ahora comienza la fase en la que tu cabeza no puede parar, ha alcanzado ese ritmo adictivo en el que una vez comenzaste a actuar de manera extraña, ya no se puede frenar. Y aumenta gradualmente. Sólo queda despertar al día siguiente, retomar la compostura y en mayor o menor medida, ruborizarte al recordar lo que la noche anterior cruzaba tu cabeza.

Pero hoy, ahora, a las 2:06, tengo una extremada necesidad de gritar, chillar, golpear, decir improperios, todo a ritmo de rock. ¿El motivo? No preguntes el motivo, simplemente han pasado las dos, y después de las dos ya se sabe,

Mejor vete a dormir.


sábado, 3 de enero de 2009

De madrugada

Era improbable. Demasiado, sus amigas lo sabían. Ella también, pero aunque la evidencia predominaba sobre las inocentes fantasías, ella guardaba en sí misma, sin que nadie sospechase, la esperanza de que algún día sucediera.

La vida no le había tratado bien en este aspecto. Estaba acostumbrada a ver sonreír a sus amigos más cercanos, y ella lo celebraba a su lado, pero no se vislumbraba el momento de celebrar una sonrisa propia.
Sí que hubo ciertos momentos en donde parecía que su suerte decidía cambiar.
Quizás viraba un poco, se encaminaba hacia una ruta más esperanzada, pero no dejaron de ser amagos.
Las cosas siempre volvían a su punto de partida sin que ella pudiera poner remedio.

No así era su suerte en el ámbito de las amistades. Ella contaba con unos amigos como pocos podía haber, y en ellos encontraba casi todo lo que podía necesitar.

Un día de verano le conoció a él.
A ella le pasó bastante desapercibida su presencia, a pesar de compartir con él un reducido grupo de amigos.
Fue cuestión de tiempo, quizás un día o dos, y ella comenzó a trabar una primera relación con él, un pequeño acercamiento, en donde se dice que las primeras impresiones fueron harto positivas entre ambos.
Al cabo de unos pocos días más, ella comenzó a ver a su nuevo amigo de una manera distinta, y esto le incomodaba bastante, porque conocía esa maldita sensación y de sobra sabía que nunca en la vida le trajo nada bueno sino mas que un puñado de chascos.
A pesar de eso, perseveró.
Él se fue, era un personaje pasajero en una historia de verano como en muchas otras.
Ella, sin embargo, preservó su interés en mantener contacto con él, y así lo hizo.

Sabía que él conservaba a su lado a otra chica. Sabía que ella no podía competir contra eso.
Lo sabía sobradamente.
Pero siempre cayó en el mismo error. Era una especie de costumbre que por desgracia ella no atinaba a perder.

Conversación tras conversación y palabra tras palabra, ella se sumía cada vez más en la impotente situación de querer estar a su lado y no poder, y la intensidad de este deseo se incrementaba, trayendo tras de sí un sentimiento de vacío que en el fondo era lógico debido a las circunstancias dadas.

Él llegó a perseguirla en sueños cada noche.

Pero era improbable. Demasiado.



Nada más lejos de la realidad.