Y así tenía que ocurrir, pasadas las dos del nuevo día me encuentro escribiendo un blog que no sé ni por dónde abordarlo.No ocurre nada bueno después de las dos de la mañana. Eso dicen los protagonistas de How I met your mother, y la verdad es que es totalmente cierto (valga la redundancia).
Sucede que la personalidad humana se acompasa al ritmo que marca el reloj, en las primeras horas de la mañana el sol brilla, te ilumina y te hace actuar (más o menos) de una manera medianamente racional. Todo se trastoca cuando cae la noche. Es en ese momento cuando la lucecita de tu conciencia mengua, y lo que al mediodía era precavido y racional, ahora es algo totalmente opuesto.
La mente se expande al mundo como no lo ha hecho nunca en el día. Brotan todo tipo de sentimientos, las emociones afloran, la curiosidad se enciende, y nace la tremenda necesidad de recriminar al mundo aquello que no te gusta de este, o por el contrario, agradecerle lo más bello que te brinda.
Llegan las dos.
Ahora comienza la fase en la que tu cabeza no puede parar, ha alcanzado ese ritmo adictivo en el que una vez comenzaste a actuar de manera extraña, ya no se puede frenar. Y aumenta gradualmente. Sólo queda despertar al día siguiente, retomar la compostura y en mayor o menor medida, ruborizarte al recordar lo que la noche anterior cruzaba tu cabeza.
Pero hoy, ahora, a las 2:06, tengo una extremada necesidad de gritar, chillar, golpear, decir improperios, todo a ritmo de rock. ¿El motivo? No preguntes el motivo, simplemente han pasado las dos, y después de las dos ya se sabe,
Mejor vete a dormir.
