domingo, 27 de febrero de 2011

Miedos y cohetes

El miedo. El miedo juega un papel muy importante a lo largo de la vida de cada uno de nosotros. Hay quien es más miedoso, al igual que hay quien lo es menos. Pero en mayor o menor medida el miedo ha estado, está o estará ahí para todos. Ya desde pequeños aprendemos, antes que muchas cosas, lo que es sentir miedo. A la oscuridad, a las vacunas, al hombre del saco… empezamos a elaborar de manera básica un esquema que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, sobre aquello a lo que somos más propensos a sentir miedo. Por ejemplo, a mí desde pequeña, me han dado miedo los cohetes, y aún hoy siento cierto rechazo a ese ruido seco y sordo que en el fondo es eso, algo abstracto, efímero y que normalmente no mata a nadie. A lo que me lleva a deducir que muchas veces sentimos miedos que ni siquiera tienen un fundamento racional. Si sabemos esto, ¿cómo entonces seguimos teniendo miedo?

Claro que, en mayor grado, los miedos que nos acechan según nos hacemos mayores van tomando carices cada vez más serios. Llegas a esa edad en donde no te importa tanto el hombre del saco como, por ejemplo, acudir a un chequeo médico, porque has notado algo extraño, te han hablado de esto, aquello… Y siempre está ese miedo que te pone en lo peor, como si tu padre fuera el mismo Murphy, diciéndote que, si existe la posibilidad de que tengas algo grave, lo tendrás. Luego el médico te dice que lo que tienes es una gripe y el miedo, como los cohetes, se acaba volviendo humo y se va con el viento. Es cierto que este miedo puede tornarse en hipocondría, curiosamente, una enfermedad que nos hace esclavos de lo mismo de lo que huimos.

Luego existen esos miedos más amables, a los que yo les llamaría de otra manera porque en el fondo no dan mucho miedo, o sí, pero son miedos que apetecen, porque cuando pasan, algo bueno viene después. Son los miedos de las primeras citas, los miedos antes de hacernos un tatuaje, los miedos previos a ser mamá… Pueden confundirse con nervios a secas, pero no es así. En estos casos, el miedo a lo desconocido es quien se adueña de todas estas situaciones, y se mezcla con el factor nervio en las proporciones que cada personalidad estime necesarias.

Pero sin duda el rey de los miedos, el miedo por excelencia, es ese miedo que viene de serie en todos cuando nacemos. El miedo a la muerte. Ese miedo, por mucho que uno diga que no, siempre va a estar ahí, y aflora con el paso del tiempo. En el fondo creo que, en cierta manera, el miedo va de la mano con la muerte; si no existiera la muerte, ¿existiría realmente el miedo? ¿Existiría el miedo si supiéramos que, pasase lo que pasase, nada podría arrebatarnos la vida?


Asusta, ¿verdad?