Y con esta una noche más que se suma a la ya larga lista de noches desveladas. Casi siento que este descompás me consume por dentro. Las mañananas se convierten en mis peores enemigas. El despertador, un arma mortal. Sueño, mucho sueño, mucho agotamiento físico que como por arte de magia se esfuma al dejar atrás la media noche. Algo me devuelve todas las fuerzas que me fueron robadas al salir el sol, y con la misma rapidez, me las quita de nuevo con un golpe de reloj. Las siete y media. La hora maldita. No puedo, ni de coña. Me pesan los párpados cinco toneladas más de lo habitual. Mi cuerpo se siente agarrotado. Un esfuerzo. Arriba. El desayuno. No hay ni alientos para digerir los cereales. El café no existe, sólo yo en la cocina anticipándome al resto de mi familia, que aún duerme. Dormir, me gustaría practicar esa actividad. Me gustaría hacerlo ahora y no mañana en clase. Las drogas hacen efecto, duermo. Efecto que se prolonga demoledoramente hasta el punto de destrozar el despertador con mi absoluta indiferencia. Las drogas no son mis aliadas. Vivo con una permanente fatiga diurna que no me ayuda en nada. ¿Te estás enterando? No, tengo sueño. El metro, me siento frágil, me pesa el cuerpo, siento palidecer. El conglomerado de gente no me ayuda en mi aventura por la supervivencia. Hora de comer. Sólo quiero dormir. Come. Rápido. Lo necesitas, te estás debilitando por todas partes. Lo sientes, tu cuerpo no es benevolente contigo.
Quiero dormir, de una maldita vez.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
