Todas las noches antes de dormir, su prometido le decía entre beso y beso que cada noche soñaba con verla junto a él vestida de blanco, como una princesita, como un ángel sin alas. Y ella no se atrevió a negarle ese deseo.
Ante el espejo ella se contemplaba como si se encontrase cara a cara por primera vez con su reflejo. Nunca se vio tan deslumbrante como aquel día: su equivalente de cristal mostraba a una joven princesa enfundada en un impoluto vestido blanco aperlado, el cual dejaba al desnudo los hombros de la muchacha, acariciados por unos cabellos ondulados que reposaban sobre ellos. Su cuello lucía una fina gargantilla de oro blanco, con un pequeño diamante como centro de atención. La joven se mantuvo frente al espejo más de diez minutos, quizás lo suficiente como para inmortalizar su imagen en la memoria. A pesar de todo, ella se mantenía serena. Su rostro mostraba el rostro de un maniquí inexpresivo. Aún era temprano. Decidió aguardar a la hora sentada frente al tocador. Nunca se sintió tan guapa y tan desdichada a la vez.
El enlace había sido fechado para el veinticuatro de ese mismo mes. Pero los acontecimientos surgidos obligaron a adelantar el encuentro diez días antes.
Él llegó a la iglesia ataviado con aquel esmoquin que tanto le gustaba a ella. A pesar de que la tradición dice que los novios no pueden verse vestidos antes de la boda, ella se enamoró de ese esmoquin nada más verlo en el escaparate, y le suplicó que fuera ese traje el mismo que llevara en su enlace. Era de lo más discreto: chaqueta negra, pantalones igualmente negros, chaleco gris, camisa blanca y corbata azulada. Este juego de prendas combinadas quedaba realmente bien al joven, y no hubo más que hablar.
La iglesia estaba a rebosar. Y ella ya se encontraba allí, sumida en aquella tristeza, esperando al amor de su vida. No debería haber sido así. Ella tendría que ser la que entrase después que el novio. Sonriente, esplendorosa, con los nervios a flor de piel y mirando a su compañero a los ojos, cómplice de aquella historia, mientras avanzase por la nave del templo, hasta encontrarse con él y cogerle dulcemente de la mano. Debería ser así, pero no lo era. Las lágrimas empezaron a amontonarse en sus ojos.
Llegó el momento en el que él hizo aparición por la entrada de la iglesia, escoltado por seis personas. Avanzaba a paso lento hacia el altar. Allí lo esperaba ella, llorosa, llena de rabia, y con una profunda desazón en su interior.
El novio llegó a su destino. Ella rompió a llorar, maldiciendo una y otra vez la noche en la que él colisionó con aquel turismo. Maldijo al culpable de aquello. Su ebriedad. Su falta de conocimiento. Maldijo su existencia.
Y en aquel momento ella se derrumbó mientras abrazaba el ataúd de su prometido.
miércoles, 12 de agosto de 2009
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