miércoles, 8 de abril de 2009

El viaje

Ya desde pequeño era el más aventurero no sólo de la familia, si no del pueblo entero. No había día en que no se escapase de su casa para adentrarse en los misterios que las afueras le ofrecían. Más de un disgusto se ganó su madre, y éste más de un castigo, por hallarse de vez en cuando en los lugares más insospechados y peligrosos del lugar. Sin duda era un niño valiente, y no dejaba que los temores apagasen sus ansias de conocer, de explorar, de saber.

Llegó el día en que, siendo ya un joven repleto de inquietudes, tomó la decisión de buscar los confines del mundo. Y no sólo buscarlos, si no encontrarlos. Siempre se había preguntado qué es lo que delimitaba al mundo, un hasta aquí hemos llegado. No existía en su imaginación algo que pudiera calmarle la sed que le producía creer en la existencia de un final, un vacío, un enorme muro quizás…

No quiso comentar a nadie su decisión. En su familia se opondrían abiertamente, ya que tenían la firme creencia de que tras pasar las fronteras marítimas del cabo Finisterre, un enorme vacío cargado de feroces y satánicas criaturas, a cada cual más grande y más dentada, acabarían con la vida de todo aquel que lo decidiera atravesar.

Aun así el joven muchacho era vencido una vez más por la curiosidad. Pasara lo que pasara, su meta era encontrar el fin del mundo. La muerte era un miedo innecesario que no le convenía llevar consigo a bordo, por lo que la dejó en un alejado segundo plano.

Llegó la mañana en la que decidió ponerse rumbo a Dios sabe dónde. Recogió sus pertenecías más valiosas, se despidió con un silencioso beso a cada miembro de su familia y, antes de que el sol terminase de salir, ya había desamarrado su pequeña embarcación.

El joven, guiándose únicamente por su sentido de la orientación, comenzó a navegar. Y navegar. Y más mar, y más olas, y una brisa que le revolvía el cabello. Comenzó a inquietarse cuando al cabo de varias horas no vislumbraba ni fieras marinas, ni precipicios interminables; sólo agua, nubes, sol, y mucho olor a libertad.

Y así pasó varios días navegando, las provisiones se le agotaban, y comenzó a creer que quizás el hambre lo matase antes que otra cosa. Pero el destino le tuvo guardada otra opción alternativa. Ya a media tarde el joven topó con tierra. Una tierra totalmente distinta de lo que había acostumbrado a conocer. “¿Será esto el fin del mundo?” pensó el joven de primeras. Decidió continuar caminando para salir de dudas. Y así caminó durante horas, días. Comenzó a encontrarse nuevas especies de animales, mucho más increíbles que las que aparecían en los relatos de su madre; árboles, flores, colores, un deleite para los ojos jamás imaginado. Gente de distinto color, pero de igual sonrisa. El joven estaba completamente embaucado con las cosas que veía. Contemplando tanta maravilla y creyéndose cada vez más cerca de su destino, el joven pensaba para sí: “El fin del mundo debe ser el lugar más mágico de todos”.

Y prosiguió su viaje. Pasaron años, años y años. Y más mar, y más tierra, y de nuevo mar. Y el joven ya no tan joven no hacía más que no parar de conocer, y asombrarse, admirarse. Anduvo por suelos helados. Se quemó los pies con las ígneas arenas del desierto. Los manglares le refrescaban el calor.

Conoció gente de cientos de culturas diferentes, de etnias que ni él mismo podía haber concebido, y en algunas ocasiones, su fascinación era tal que permanecía un tiempo en un mismo sitio para aprender la lengua y las costumbres.

Incansable, él proseguía su viaje cada vez con mayor motivación e ilusión. En ciertos momentos olvidaba su objetivo principal y se dejaba llevar por la belleza de lo desconocido. Y llegó el día en que los años le vencían, y aún no había encontrado el fin del mundo, pero eso ya no le importaba tanto, porque había visto miles de cosas maravillosas e inimaginables a lo largo de su vida. Simplemente perfectas. Pero el anciano se lamentaba porque sabía que no lo había visto todo, le quedaban infinidad de cosas por conocer. Estaba seguro de ello.

Decidió pasar sus últimos días en un pueblo bañado por un mar insultantemente azul, en algún lugar perdido del inmenso mundo. Un joven matrimonio se apiadó del hombre y lo acogieron en su hogar, el cual daba vistas a aquel mar de ensueño.
Una mañana la mujer, la cual sentía una admiración especial por el anciano, decidió entablar conversación con este:

- ¿Sabe usted? Anda por el pueblo un hombre extraño cuanto menos. Va diciendo que el mundo es redondo, como una sandía, imagínese usted… Y hoy lo han aislado, considerado loco.
- Me parece lógico.
- ¿Y podría saber por qué?
- Verá, es que el mundo no es redondo. El mundo es infinito...